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Un activo puede valer mucho y aun así no financiarse bien.

Hay propietarios que creen que tener un buen activo les garantiza acceso a financiación.

Y no.

Les garantiza una base. No les garantiza el cierre.

Porque una cosa es que un activo tenga valor. Y otra muy distinta es que sea fácilmente financiable. Parece lo mismo, pero no lo es.

De hecho, muchas operaciones se atascan justo ahí. No porque el activo sea malo. No porque el proyecto no tenga sentido. Sino porque se da por hecho que “si esto vale dinero, alguien lo financiará”.

Y el mercado no funciona así. Quien pone dinero no mira un activo como lo mira su propietario.

No mira solo cuánto vale. Mira cómo de defendible es ese valor. Mira si hay salida real. Mira si hay liquidez. Mira si la garantía es clara. Mira si la estructura acompaña. Y mira qué pasa si las cosas no salen como están previstas.

Ese es el punto que muchas veces se escapa.

El propietario ve patrimonio. El financiador ve riesgo.

Y entre una cosa y la otra hay una distancia enorme.

He visto activos muy buenos sobre el papel financiar mal. Y he visto otros menos lucidos cerrar mejor porque estaban mucho mejor planteados. ¿Por qué?

Porque el mercado no financia una tasación sin más. Ni una intuición. Ni una foto bonita del activo. Financia una combinación de valor, salida, estructura y lectura de riesgo.

Un activo puede tener una buena ubicación, una tasación razonable y una apariencia sólida. Pero si arrastra complejidades jurídicas, cargas, falta de liquidez, dependencia de un operador, dudas de mercado o una estructura mal montada, la lectura cambia mucho.

Y cambia rápido.

También pasa algo que conviene entender: no todos los financiadores leen igual el mismo activo.

Lo que para un banco no encaja, para un fondo puede tener sentido. Lo que una entidad tradicional ve fuera de política, un vehículo de deuda alternativa puede asumirlo dentro de una estructura distinta. Lo que uno descarta por rigidez, otro lo estudia si el planteamiento está bien armado. Por eso no basta con tener un buen activo. Hace falta saber llevarlo.

Hace falta entender qué tipo de financiación encaja con ese activo. Hace falta presentar bien la lógica de la operación. Hace falta ordenar documentación, narrativa, riesgos, salida y uso de fondos.

Hace falta, en definitiva, traducir valor en financiabilidad. Y eso no es automático. Este error se repite muchísimo.

Se manda una tasación. Se explican cuatro cosas por encima. Se habla del valor del activo. Y se espera que el dinero aparezca. Pero el dinero serio no entra así.

Entra cuando entiende qué tiene delante. Qué riesgo asume. Cómo se protege. Y por qué esa operación merece pasar el filtro.

La diferencia entre una operación que avanza y otra que se enfría muchas veces no está en el activo en sí. Está en cómo se ha leído. Y en cómo se ha planteado.

Por eso conviene hacerse una pregunta cuanto antes: ¿Tengo un activo con valor o tengo un activo realmente financiable?

No es una cuestión menor.

En muchas operaciones, esa diferencia lo cambia todo.

 

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